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Tenemos
que quitarnos el sombrero, postrarnos y arrodillarnos
ante ésta película. Película con
letras mayúsculas: NAPOLEON. Una rareza del cine
mudo que influyó enormemente en el cine posterior,
siendo precursora de técnicas que no se perfeccionarían
hasta muchísmos años después.
1927,
el director francés, Abel Gance, rueda su obra más
importante. Una superproducción sobre la figura de Napoleón
Bonaparte; con las técnicas de principios de siglo y
la tecnología del cine mudo. Gance invirtió dos
años en la realización de esta película,
que recrea la primera parte de la biografía de Napoleón
Bonaparte, desde su infancia hasta la campaña de Italia,
en 1796, y que pretendía ser el inicio de un proyecto
de seis largometrajes sobre la vida de Napoleón, nunca
realizados. Gance no esconde en la película su admiración
por el personaje, al que retrata como un líder idealista
y visionario, la encarnación del espíritu revolucionario.
Un proyecto inmenso que hoy parece más que legendario.
El resultado de ésta película son seis horas de
aventuras, batallas, dramatismo... aderezado con imágenes
bellísimas que mi mente nunca podrá borrar.

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En
Napoleón, Gance hizo un verdadero alarde de innovaciones
técnicas; técnicas nunca realializadas y que no
existían más que en su mente. Ejemplos: una escena
de persecución rodada con una cámara situada en
el lomo de un caballo al galope; la escena inicial del filme,
la batalla de bolas de nieve, fue rodada por un operador cámara
en mano, algo completamente inusual en la época. Para
las secuencias de la tormenta en alta mar y la disputa en la
Convención, la hizo colgar como un péndulo, moviéndose
de un lado a otro.
Además
de dirigir esta película, Abel Gance participó
como actor, realizando una sobria y aclamada interpretación
del famoso revolucionario Louis de Saint-Just, uno de los máximos
representantes del Reinado del Terror de la Revolución
Francesa.
Pero
si hay algo totalmente sorprendente en la técnica de
ésta peli se encuentra hacia el desenlace, en el clímax
final. Las escenas de la campaña de Italia de 1796, se
rodaron por triplicado para exibirse en un sistema panorámico
especial, con tres pantallas (una delante y las otras dos semiladeadas)
y tres proyectores, al que denominó Polyvision, y que
le permitía también mostrar tres acciones simultáneas,
en forma de tríptico. De éste modo, los espectadores
quedaban casi envueltos en un ambiente hiperrealista para la
época; metidos totalmente en la batalla, viendo cómo
un jinete que entraba desde un lateral llegaba hasta el centro
del cine para encender un cañón que disparaba
hacia el otro lateral.

La
excesiva duración del filme (alrededor de seis horas)
hizo que se exhibiese generalmente en versiones mutiladas (en
Estados Unidos, por ejemplo, se proyectó una versión
de sólo 72 minutos, es decir, poco más de una
quinta parte del metraje original). En Puerto Rico, la Universidad
del Sagrado Corazón exhibió su version de solo
cuatro horas.
La
historia de la película, como su propio nombre indica,
nos narra la vida de Napoleón desde que es un niño
hasta el momento en el que su ejército emprende bajo
su comando la campaña italiana. Es decir, es una película
que nos cuenta la primera época de la vida de Napoleón,
la parte en la que fue no sólo un héroe nacional
francés sino que además influyó con las
ideas y los valores de la República no sólo a
Francia, sino a gran parte de Europa. Hasta tal punto es así
que incluso Beethoven (uno de los más grandes compositores
de todos los tiempos) le dedicó una de sus sinfonías,
en concreto la número 3. Lo que pasó a continuación
es que el héroe se convirtió en villano, un héroe
con pies de barro que estremeció a toda Europa con sus
guerras. Ese es el motivo por el que Beethoven le cambió
el nombre a su sinfonía de Napoleón a Heroica
(como la conocemos hoy en día). Esa etapa oscura en la
que Napoleón se proclama a sí mismo Emperador,
coronándose como el máximo exponente contra lo
que él y toda Francia habían luchado durante la
revolución, la aristocracia.
Como
veis, la película es magnánime con Napoleón
porque no nos cuenta mas que su etapa más gloriosa, y
no entra para nada en su época oscura. No hay que achacar
a la película el ser partidista en absoluto, porque el
proyecto de Abel Gance en un principio era el de hacer seis
películas sobre la vida de Napoleón, de las que
esta sería la primera, pero la aparición del cine
sonoro hizo perder el interés a la gente en este tipo
de películas y el proyecto fue definitivamente apartado
por la falta de fondos. Una verdadera lástima.
La
película entusiasmó a todo el mundo durante su
estreno. Todas las innovaciones que incluía, la asombrosa
dirección de Gance y la grandiosidad de la película
eran tales que el entusiasmo se contagió rápidamente.
El problema es que una película tan larga (anteriormente
duraba mucho más) tiene pocas posibilidades en una época
en la que se tarda mucho en llevar una película de una
ciudad a otra, y mucho más de un país a otro,
de modo que con la aparición del cine sonoro se perdió
rápidamente el interés y la película vio
como se reducía su metraje de una manera escandalosa.
Por fortuna ahora se ha recuperado la mayor parte (aún
hay alguna versión más larga estrenada en cine
en el Reino Unido con música de Carl Davies y orquesta
en directo), de modo que únicamente quedarán irrecuperables
las partes que el propio Gance destruyera en su momento.
Una
de las cosas que más sorprenden hoy en día de
Abel Gance es la facilidad que tenía para sacar petróleo
de una escena dramática, convirtiéndola no sólo
en emotiva sino también en apoteósica. Utilizando
en la película varios efectos visuales innovadores en
la época, como por ejemplo en la secuencia en la que
siendo niño dejan escapar su águila y vemos cuando
la recupera cómo sus ojos por un instante se convierten
en los ojos del águila, y repitiendo este símil
durante varias partes de la película, sobre todo al final
de la misma, en la que su persona y su mirada se trasladan a
la grandiosidad del águila en su elemento, volando libre
y triunfal. Ese es un tipo de recurso que utiliza también
en otra secuencia clave de la película, su huida en barca
durante una tempestad en la que se equiparan las olas que arremeten
contra su embarcación son escenas provenientes del parlamento
en donde se produce otra marejada, esta vez política.
Hablando
de las innovaciones técnicas de la película conviene
recordar un par de ellas. La primera que quiero mencionar es
el rodaje de alguna escena de la pelea de bolas de nieve con
la cámara en la mano, un tipo de rodaje que hizo conocido
Steven Spielberg en Tiburón, pero que ya inició
Gance en 1927, para darle una mayor sensación de proximidad
a la acción que se desarrolla (la pelea entre los tres
por ejemplo). Y cómo no, la utilización de varias
cámaras rodando a la vez y con la imagen en pantalla
de todas ellas, como sobre todo en las escenas de multitudes
durante la parte final de la película en la que vemos
que la pantalla se divide en tres partes que pueden filmar la
misma situación o incluso insertar entre ellas primeros
planos del propio Napoleón enfrascado en la conquista.
Es por tanto el precursor del Cinerama, al que se adelantó
en unos cuarenta años, e incluso de los formatos panorámicos.
Como
veis, la película es todo un prodigio técnico,
pero además es un prodigio de construcción argumental,
y a pesar de las casi cuatro horas de duración, no se
hace larga en ningún momento.
Otro
aspecto que me gustaría destacar de la película
es la utilización que hace de un efecto visual concreto
para enriquecer alguna escena cumbre de la película,
me refiero a un par de veces en las que vemos cómo la
figura de Napoleón se va haciendo más y más
grande a través de un primer plano de su cabeza mientras
da un discurso a la multitud, en ese instante utiliza un efecto
visual por el que vemos cómo el contorno de su cabeza
se va poco a poco cubriendo por un halo de luz que da la impresión
de engrandecer a la persona y a su mensaje sin tener que abrir
el plano a todo su cuerpo.
Otro
de los factores por los que es famoso Abel Gance es por la magnífica
elección de los actores, y en esta ocasión no
defrauda en absoluto, todos están especialmente bien,
desde Albert Dieudonné como Napoleón de adulto,
hasta Gina Manès como Josephine de Beauharnais, pesando
por Edmond Van Daële como Robespierre.
La
elección musical a cargo de Carmine Coppola, como dije
antes me parece del todo un acierto, con una música muy
de acorde con la época y que no se hace rara al espectador.
En
fin, después de todo lo dicho no cabe duda de que es
una película imprescindible para todos los cinéfilos,
porque es una de esas películas que supone un cimiento
importante para el cine posterior y que además es por
sí sola una obra irrepetible.
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Fran Kapilla.

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