NOS
ENCONTRAMOS ante una rareza cinematográfica poco usual, pero
que a la vez muestra una gran maestría del séptimo arte,
de la música, de la estética y sobretodo de la historia
francesa desde comienzos de siglo.

El famoso
Ettore Scola que ha estado al frente de obras italianas super famosas,
con gente como Marcelo Matroiani y Sofía Loren, dirige y coguioniza
junto a Jean-Claude Penchenant, esta obra rara que a más de uno
le sorprenderá. Es uno de esos trabajos que no pasan inadvertidos,
o gustan o no gustan, debido a la radicalidad de su concepción
narrativa. Unos de los factores por los que destaca esta película
es porque carece de diálogos; hay 23 de actores (casi siempre
en pantalla todos) y ninguno suelta ni una palabra. Y el otro factor
curioso es que absolutamente toda la película transcurre en una
sala de baile. En ningún momento salimos de esa pista por donde
los personajes bailan, ligan, toman copas, se pelean, etc.
La película
cuenta varias cosas, además recurriendo a la comedia, a la música
e incluso al drama. Sintetizar su sinopsis es algo difícil pero
lo voy a intentar:
| Sinopsis |
| La
historia de Francia a lo largo del siglo XX a través de una
sala de baile donde se dan citas hombres y mujeres. |
Realmente,
y profundizando más, podemos decir que la película muestra
esas relaciones hombre-mujer y todos los actos sociales del cortejo
en torno a esa sala de baile. Los personajes son muchos y variados,
algunos incluso bastante irrisorios: galanes, groseros, narcisistas,
intelectuales, elegantes, rudos, etc; tanto por parte de los hombres
como de las mujeres.

Particularidades
En este
contexto, y con la música como pretexto para entablar relaciones,
las parejas bailan, hacen y desacen, se pelean, se aman, etc. Y todo
eso a través de varias etapas del tiempo, donde cambian las modas,
el atrezzo, las luces, pero los personajes siguen siendo los mismos,
como si fuesen antepasados. Así nos encontramos las mismas situaciones
en el comienzo del siglo XX, en los locos años 20, en la triste
ocupación nazi de 1940 (aquí la historia toma tintes melancólicos,
donde la sala sirve de refugio y el único baile que se ve son
algún que otro personaje al son de un acordeón triste).
También vemos los años 60 con esas bandas de rockeros
con tupé y nuevamente llegamos a la actualidad (bueno actualidad
para su época, 1983).
Esta obra
puede llegar a cansar o aburrir a quien no esté concienciado
de lo que va a ver. En mi caso, viéndola con mi novia Escarlata
y más gente, no aguantó nadie, excepto yo, que la estaba
descubriendo y me estaba fascinando.

El film,
a mi modo de ver, es como una gran obra de teatro, coral, con muchos
actores dando vueltas sobre el escenario (la pista de baile) y donde
el peso de la obra, si yo pudiese dividirla en porcentajes, estaría
en un 40% la interpretación de los actores (que no hablan), un
40% la música (que tiene la misma importancia que los mismos
actores) y un 20% de técnica visual, que no demuestra nada extraordinario
ni original, sino en base a esa construcción narrativa a través
de los flashback de otras épocas. Bueno, podemos decir que el
apartado de arte tiene también mucho peso en ese 20% que es lo
que provoca la sensación de otras épocas, incluso siendo
el mismo espacio y los mismos actores.

Y es necesario
hablar de la música de la película ya que aquí
tiene un papel muy importante; en este apartado se encuentra Vladimir
Cosma, uno de los grandes compositores de cine francés, con bandas
sonoras creadas para muchas películas de fama nacional, pelis
de Claude Zidi, de Francis Veber, de Gerard Oury, (en casi todas las
que tengo de Belmondo, Pierre Richard, Gerard Depardieu -las primeras-,
está este compositor presente) y hasta para Astérix,
todas las de dibujos animados y las interpretadas. Estamos hablando
de un compositor consumado, que empezó en los sesenta y ya en
1983, fecha de Le Bal, tenía una experiencia que podemos
advertir en esta peli; eso si, los temas que salen pretendiendo ser
modernos ya hoy día nos pueden parecer desfasados. Aún
así tiene su encanto y funciona perfectamente. Y bueno, hablando
de desfases, os dejo con mi escena preferida, el último tema
de la película (tranquilos que no se rompe el argumento), cuando
los personajes se ven en la sala en los años ochenta, me encanta
esta secuencia y su puesta en escena, es muy divertida, pero también
entrañable.
Fran
Kapilla