La
anécdota argumental que sostiene la película es tan simple como
efectiva: una mujer alemana, socialista convencida, sufre un infarto
al ver cómo detienen a su hijo Álex durante una manifestación a
favor de la apertura política de la RDA. Cuando despierta del coma,
ocho meses después, el mundo a su alrededor ha cambiado sustancialmente:
el muro ha caído, miles de productos occidentales invaden las calles
y las tiendas de Berlín Este, incluso su hija ha dejado la carrera
de ingeniería para trabajar en un Burger King. Convencido de que
su corazón será incapaz de superar tantos cambios, Álex decide ocultarle
la verdad a su madre, y construye a su alrededor un microcosmos
en el que la Alemania socialista sigue estando viva.
Sin
embargo, la Alemania que Álex crea para su madre poco tiene que
ver con la realidad de la RDA. Lejos de los excesos autoritarios
del régimen comunista y de los desequilibrios y las injusticias
del capitalismo, Álex construye en la habitación de su madre una
Alemania soñada, en la que la Coca-Cola se revela súbitamente como
un invento socialista y miles de ciudadanos de la RFA saltan el
muro huyendo de la presión de la vida moderna en las sociedades
occidentales. Y en torno a este precario refugio comienzan a agruparse
muchos de sus amigos y vecinos, no tanto por nostalgia del régimen
anterior sino por su incapacidad de aceptar la súbita imposición
de los modelos culturales de Levi’s Strauss y McDonald’s,
que en cuestión de meses cambiaron por completo el paisaje de Alemania
del Este.
Sobre
este y otros magníficos equilibrios levanta Wolfgang Becker los
muchos logros de Good Bye Lenin!: la acertada combinación entre
los elementos cómicos y dramáticos de la historia, el contraste
entre la mirada limpia del joven Daniel Brühl y la sabia veteranía
de la actriz Katrin Sass, la belleza y la melancolía de la banda
sonora compuesta por Yann Tiersen (también autor de la banda sonora
de Amelie). Sobre la música de la
peli habría mucho que hablar también, pues dota a la historia de
la emoción y el dramatismo perfecto con unos acordes de piano inigualables.
El resultado es una película sobresaliente, todo un éxito del cine
europeo que ha triunfado en Francia, Italia y Alemania, donde la
han visto ya más de seis millones de personas.

Una
de las pocas películas que transmite humor y profunda emoción al
mismo tiempo y que llena la atmósfera de nostalgia sin caer en absurdos
sentimentalismos, y al mismo tiempo te hace pensar sobre la sociedad
en la que vivimos y los valores que rigen nuestras vidas.
Es
una historia con unas interpretaciones excelentes. El excelente
montaje te pone en sincronía con aquella época de cambios, con aquella
parte de la historia que hemos vivido y es muy cercana... ¿Que pasaría
si un día dejases un país comunista y volvieses a uno capitalista?
¿Si en tu ausencia el Muro de Berlín cayese? Y sin duda se esconde
otra historia: la de amor de un hijo a su madre, que para protegerla
construye una realidad a su medida, una burbuja de viejas creencias
nostálgicas y utópicas en las que a veces todos se sienten a salvo.
La
magistral dirección de Becker consiste en lograr continuas situaciones
cómicas en contraste con otras llenas de emoción, y al mismo tiempo,
se permite criticar y mostrarnos las taras de ambos sistemas : el
capitalista y el comunista. Eso si, con altas dosis de ironía. El
protagonista, enemigo del sistema de la RDA durante la primera parte
de la película, llega a sentir una nostalgia (la "ostalgie" alemana
la llaman) y melancolía por el viejo sistema tras la caída del muro.
Hecho que nos hace reflexionar pero que luego explica y razona,
que pertenece a un mundo utópico que no tuvo lugar.

Como
anécdotas me gustaría destacar varias. Hay cierto momento en que
Alex entra a un supermercado y observa a un empleado disfrazado
de pollo. Quien conozca las pelis de Becker se dará cuenta que es
el mismo personaje de "La vida en obras"; en la que el protagonista
trabaja de animador en un supermercado, justo en la misma fecha,
1989. Una rodada en su época y la otra rodada ambientada en ésa
época. De ésta manera, Becker parece cerrar a todos los personajes
de su peli en un mismo universo.
También,
en dos escenas Dennis (el amigo de Alex) lleva una camiseta negra
con símbolos verdes, parecidos al código de Matrix pero con letras
rusas. Un guiño gracioso en que que supongo que el cineasta amateur
Dennis es quien podría ser el futuro autor de Matrix, o como dando
a entender que dicha película era socialista; igual que la broma
que se gasta en la película sobre que Coca-cola es comunista.
El
edificio que Alex y Dennis utilizan en su informe sobre la Coca
Cola es el mismo que Billy Wilder empleó en la película Uno, dos,
tres (1961).