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Los espigadores
y la espigadora es una producción maravillosa que se
nos presenta como un documental pero que va más allá
del simple concepto de cine documental: es una reflexión
en primera persona de un viaje que la autora/cámara/narradora
inicia por toda Francia. Es una cinta llena de testimonios desgarradores,
de anécdotas entretenidas y sobretodo llena de estilos
en el que Varda maneja diversas estrategias estéticas
y narrativas con entera libertad, desde la pura poesía
visual hasta el videoarte. Dos años después, Agnes,
realiza una segunda parte, rizando el rizo. Se trata sobre un
documental enfocado al primer documental, también revisita
algunos lugares de Francia y algunos temas que se había
dejado fuera. Pero antes de seguir hablando, veamos quién
ha realizado esta película:
Nacionalidad Francia
Estreno 31-10-2002
82 minutos
Les glaneurs et la glaneuse
Dirección Agnès Varda
Intérpretes Bodan Litnanski, Agnès
Varda, Francois Wertheimer
Guión Agnès Varda, Didier Doussin
Fotografía Stéphane Krausz, Didier
Rouget, Pascal Sautelet, Agnès Varda
Música Joanna Bruzdowicz, Isabelle Olivier
Montaje Laurent Pineau, Agnès Varda
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Origen
Cuando
Agnès Varda comenzó a filmar Los espigadores
y la espigadora llevaba cinco años sin ponerse detrás
de una cámara, siendo su última película
hasta entonces L´universe de Jacques Demy (1995), documental
dedicado a su marido que falleció poco tiempo después
del término del mismo. Admiración por el cineasta
que Varda había reflejado en dos anteriores títulos:
Jacquot de Nantes (1991) en el que recrea su infancia; y Les
demoiselles ont eu 25 ans (1992), testimonio fílmico
sobre la celebración que organizó la ciudad
de Rochefort, con motivo del 25 aniversario del rodaje de
Les demoiselles de Rochefort (1966), filme en el que Demy
había reunido a las hermanas Catherine Deneuve y Françoise
Dorleac. Mirada de documentalista ya presente, no sólo
desde sus inicios como fotógrafa, sino en sus primeros
filmes de ficción: La pointe courte (1954) protagonizada
por Philippe Noiret o Cleo de 5 a 7 (1961), uno de sus largometrajes
más conocidos.
Vivimos
en la sociedad del despilfarro donde una patata de menos de
cuatro centímetros o una de más de siete se
queda fuera del circuito de venta, al igual que una manzana
algo bronceada por el sol. Priman la estética, la uniformidad
y las leyes de marketing. Sin embargo, en Francia la ley permite
que, una vez realizada la cosecha, cualquiera pueda recoger
las sobras. En forma de reportaje periodístico, "Los
espigadores y la espigadora" cuenta la historia de personajes
que viven de lo que la sociedad desaprovecha.
Particularidades
Esta
película, firmada con un cierto tono desenfadado, recoge
la forma de vida de los modernos espigadores urbanos, que
ya no rebuscan los granos sueltos de las cosechas, sino los
yogures que caducaron el día anterior o los restos
de fruta y verdura de los mercados que pueden encontrar en
los contenedores o directamente abandonados en los campos.
Algunos de ellos lo hacen por necesidad, otros animados por
el deseo de acabar con el despilfarro consumista. Uno de estos
protagonistas anónimos presume de haber estado diez
años alimentándose de la basura sin haber estado
enfermo. ¿Existe un mayor sinsentido que permitir que
la comida se pudra antes que ofrecerla a personas que se mueren
de hambre?
Esta
moderna visión de los recicladores, a menudo considerados
mendigos, personas a las cuales el simple azar quizás
los ha convertido en marginales, no hace sino poner en evidencia
que hay comida para todos si las leyes del mercado no fueran
tan estrictas. La máxima de reciclar y reutilizar se
vuelve una exigencia de vida para quienes el sustento diario
proviene únicamente de recoger lo que otros desechan.
Con perseverancia son capaces de encontrar lo suficiente para
vivir en lo que muchos consideraríamos únicamente
basura. Tan sólo hay que lavarse las manos después
de la cosecha.
Es
una película de gran sensibilidad y, a pesar de presentarse
en formato de reportaje, cada una de las historias que cuentan
sus protagonistas, cargando con desechos agrícolas
o trastos viejos, mantiene la atención con incluso
toques de humor. También demuestra que los residuos
pueden ser los protagonistas de la imaginación y el
arte de personas que saben dar nuevas utilidades a lo que
la mayoría rechazamos. Un espectáculo fílmico
sin desperdicio alguno.
Meditación
videográfica que parte de la definición del
término espigar, es decir, recoger después
de la cosecha. Vocablo que sirve a la autora para trazar un
lúcido, a la vez que crítico, retrato sobre
la actual sociedad de consumo. Pues ella, como una espigadora
más, va recogiendo con la cámara
lugares, vivencias e historias durante su periplo por varias
regiones de Francia. Para este espigueo de imágenes,
impresiones y emociones no existe legislación y en
el diccionario, espigar también se dice de las cosas
del espíritu. Espigar hechos, espigar andanzas, espigar
información. Para mí, que no tengo memoria,
cuando vuelvo de viaje, lo que he espigado resume todo el
viaje expresa en off en un momento dado. Como en esa
secuencia en la que, tras una estancia en Japón, la
directora enseña ante la cámara los objetos
resultantes de su espigueo por tierras orientales
como únicos testigos físicos de su aventura:
postales, libros, etc.
Si
antaño eran las mujeres quienes se encargaban de este
trabajo, reflejado en el célebre cuadro pintado por
Millet en 1857 con el que se inicia el filme, hoy en día
el verbo engloba a esos otros seres, hombres y mujeres, cuya
subsistencia depende de la recogida de legumbres y verduras
descartadas y arrojadas al campo aún en perfecto estado,
tras la previa selección hecha por unos patronos sometidos
a los cupos que dictan las leyes del comercio. Pero espigadores
son también aquellos que recogen las frutas y las uvas
tras la vendimia. De ahí el matiz entre el verbo espigar,
recoger lo que nace del suelo, frente a racimar,
recolectar lo que viene de arriba. Hechos que la cineasta
completa con las explicaciones de un abogado experto en leyes
relacionadas con esta tarea.
Sin
embargo, en la actualidad, el verbo espigar contiene otras
acepciones aunque, como expresa la directora en un momento
dado, en todas ellas se sigue produciendo el mismo acto reflejo:
el gesto de agacharse. Es decir, el espigador urbano que se
abastece de los alimentos sobrantes de los supermercados.
Medio de supervivencia para unos y actitud reivindicativa
en otros, caso del asalariado que proclama ante la cámara
que se nutre únicamente de comida desechada como acción
de protesta contra la sociedad de consumo. Actividad que cobra
otro sentido bajo la palabra recuperación:
albañiles retirados que construyen raras arquitecturas
a base de ir apilando objetos en desuso; vagabundos que recogen
y reparan electrodomésticos encontrados en la calle;
o artistas que reciclan residuos para crear sus obras plásticas.
Piezas que, en algunos casos, se exponen en galerías
y museos: La recuperación casera ha entrado en
el mercado del arte y cuando digo mercado, no digo barato
subraya la voz de Varda. E incluso desasosegantes historias
como la de ese biólogo, profesor voluntario en un curso
nocturno de alfabetización para emigrantes, cuyos insuficientes
ingresos le llevan, en cada amanecer, a rescatar los productos
que tiran los mercados.
Pero
Los espigadores y la espigadora es además un ensayo
sobre el hecho cinematográfico: la secuencia en la
que la cineasta diserta sobre las virtudes de la cámara
digital; o bien cuando entrevista a un viticultor, descendiente
de Marey -uno de los precursores de la cronofotografía-,
pretexto que le sirve a Varda para hacer una reflexión
relativa al origen del cine-. Y la vez, una aguda metáfora
acerca del envejecimiento -el primer plano del cabello de
la directora que se acicala mientras piensa en voz alta sobre
la vejez-. Y del paso del tiempo, de esa ilusoria tentativa
por atraparlo pero que, como los camiones que intenta apresar
con los dedos desde el automóvil en el que viaja, se
escurre inexorablemente entre sus manos; o ese reloj sin agujas
que halla en la calle durante una excursión nocturna
y que coloca como elemento decorativo en su vivienda, afirmando:
Me viene muy bien. No ves pasar el tiempo.
Estructurado
en pequeños capítulos, Dos años después
es la recapitulación sobre el éxito obtenido
con Los espigadores y la espigadora a través de la
innumerable correspondencia y los regalos que Varda ha recibido
de los admiradores del filme. Notoriedad que ha llegado mucho
más allá de lo que ella podía imaginar,
caso de la secuencia de la presentación pública
de un cuadro pintado por Pierre-Edmond Hodouin en 1827 que
representa a unas espigadoras bajo una tormenta. Lienzo que
la cineasta había encontrado en los fondos de un museo
durante el rodaje del anterior documental. Pero también
es el reencuentro con algunos de los protagonistas de aquel
para indagar sobre lo que ha sido de sus vidas y como ha influido
en ellos el triunfo de la película que dió a
conocer sus historias por primera vez.
Asimismo,
Dos años después es un acto de confesión
en el que la directora revela algunas confidencias ante su
propia cámara. Como esa de las similitudes que un periodista
halló entre el documental que brindó a su marido
-el citado L´universe de Jacques Demy- y Los espigadores
y las espigadoras: Me di cuenta de algo extraordinario.
Sin pasárseme por la imaginación, me había
filmado a mi misma igual que filmé a Jacques Demy.
Pero como estaba dentro de otro contexto, como yo me refería
al envejecimiento, y quería ser tan sincera como los
espigadores, no lo relacioné. Pero para él [el
periodista], comprendí que existía una especie
de lazo, un vínculo entre ambas películas, entre
las manos de Jacques y su piel maltratada por la enfermedad
y la mía maltratada por la vejez; y sus canas y las
mías. Manifestando poco después: me
impresionó hasta que punto se trabaja sin saber. No
se trabaja en el significado, ni en la continuidad.
Concluyendo más tarde: Yo trabajo como puedo.
Y
una patata en forma de corazón, arrugada, marchita
por el inevitable transcurrir de los días. Imagen que
ocupa los créditos iniciales y finales, prólogo
y epílogo con el que Varda traza una desgarradora parábola
sobre el paso del tiempo. La auténtica, efímera
e ineludible realidad a la que está abocado el ser
humano.
Este
artículo es una ampliación propia que he hecho
a partir de:
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