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Miércoles 19 de Marzo, 2008

 

Filmografía:

- Los espigadores y la espigadora: Two Years Later (2002) (Les Glaneurs et la glaneuse... deux ans après)
- Los espigadores y la espigadora (2000) (Glaneurs et la glaneuse, Les)
- A Hundred and One Nights (1995) (Les Cent et une nuits de Simon Cinéma)
- Kung-Fu Master (1987) (Le Petit amour)
- Sin techo ni ley (1985) (Sans toit ni loi)
- Jacquot de Nantes (1991)
- One Sings, The Other Doesn't (1977) (Une chante, l'autre pas, L')
- Daguerrotypes (1975)
- Happiness (1965) (Le Bonheur)
- Cleo de 5 a 7 (1961) (Cléo de 5 à 7)

- La Pointe Courte (1956)


 

 

 

Una muestra de los primeros minutos de esta obra:

 

 

 


Los espigadores y la espigadora.

Los espigadores y la espigadora es una producción maravillosa que se nos presenta como un documental pero que va más allá del simple concepto de cine documental: es una reflexión en primera persona de un viaje que la autora/cámara/narradora inicia por toda Francia. Es una cinta llena de testimonios desgarradores, de anécdotas entretenidas y sobretodo llena de estilos en el que Varda maneja diversas estrategias estéticas y narrativas con entera libertad, desde la pura poesía visual hasta el videoarte. Dos años después, Agnes, realiza una segunda parte, rizando el rizo. Se trata sobre un documental enfocado al primer documental, también revisita algunos lugares de Francia y algunos temas que se había dejado fuera. Pero antes de seguir hablando, veamos quién ha realizado esta película:

Les glaneurs et la glaneuse
Dirección Agnès Varda
Intérpretes Bodan Litnanski, Agnès Varda, Francois Wertheimer
Guión Agnès Varda, Didier Doussin
Fotografía Stéphane Krausz, Didier Rouget, Pascal Sautelet, Agnès Varda
Música Joanna Bruzdowicz, Isabelle Olivier
Montaje Laurent Pineau, Agnès Varda

Estreno 31-10-2002
82 minutos

Origen

Cuando Agnès Varda comenzó a filmar Los espigadores y la espigadora llevaba cinco años sin ponerse detrás de una cámara, siendo su última película hasta entonces L´universe de Jacques Demy (1995), documental dedicado a su marido que falleció poco tiempo después del término del mismo. Admiración por el cineasta que Varda había reflejado en dos anteriores títulos: Jacquot de Nantes (1991) en el que recrea su infancia; y Les demoiselles ont eu 25 ans (1992), testimonio fílmico sobre la celebración que organizó la ciudad de Rochefort, con motivo del 25 aniversario del rodaje de Les demoiselles de Rochefort (1966), filme en el que Demy había reunido a las hermanas Catherine Deneuve y Françoise Dorleac. Mirada de documentalista ya presente, no sólo desde sus inicios como fotógrafa, sino en sus primeros filmes de ficción: La pointe courte (1954) protagonizada por Philippe Noiret o Cleo de 5 a 7 (1961), uno de sus largometrajes más conocidos.

Vivimos en la sociedad del despilfarro donde una patata de menos de cuatro centímetros o una de más de siete se queda fuera del circuito de venta, al igual que una manzana algo bronceada por el sol. Priman la estética, la uniformidad y las leyes de marketing. Sin embargo, en Francia la ley permite que, una vez realizada la cosecha, cualquiera pueda recoger las sobras. En forma de reportaje periodístico, "Los espigadores y la espigadora" cuenta la historia de personajes que viven de lo que la sociedad desaprovecha.

 

Particularidades

Esta película, firmada con un cierto tono desenfadado, recoge la forma de vida de los modernos espigadores urbanos, que ya no rebuscan los granos sueltos de las cosechas, sino los yogures que caducaron el día anterior o los restos de fruta y verdura de los mercados que pueden encontrar en los contenedores o directamente abandonados en los campos. Algunos de ellos lo hacen por necesidad, otros animados por el deseo de acabar con el despilfarro consumista. Uno de estos protagonistas anónimos presume de haber estado diez años alimentándose de la basura sin haber estado enfermo. ¿Existe un mayor sinsentido que permitir que la comida se pudra antes que ofrecerla a personas que se mueren de hambre?

Esta moderna visión de los recicladores, a menudo considerados mendigos, personas a las cuales el simple azar quizás los ha convertido en marginales, no hace sino poner en evidencia que hay comida para todos si las leyes del mercado no fueran tan estrictas. La máxima de reciclar y reutilizar se vuelve una exigencia de vida para quienes el sustento diario proviene únicamente de recoger lo que otros desechan. Con perseverancia son capaces de encontrar lo suficiente para vivir en lo que muchos consideraríamos únicamente basura. Tan sólo hay que lavarse las manos después de la cosecha.

 

Es una película de gran sensibilidad y, a pesar de presentarse en formato de reportaje, cada una de las historias que cuentan sus protagonistas, cargando con desechos agrícolas o trastos viejos, mantiene la atención con incluso toques de humor. También demuestra que los residuos pueden ser los protagonistas de la imaginación y el arte de personas que saben dar nuevas utilidades a lo que la mayoría rechazamos. Un espectáculo fílmico sin desperdicio alguno.

Meditación videográfica que parte de la definición del término “espigar”, es decir, recoger después de la cosecha. Vocablo que sirve a la autora para trazar un lúcido, a la vez que crítico, retrato sobre la actual sociedad de consumo. Pues ella, como una espigadora más, va “recogiendo” con la cámara lugares, vivencias e historias durante su periplo por varias regiones de Francia. “Para este espigueo de imágenes, impresiones y emociones no existe legislación y en el diccionario, espigar también se dice de las cosas del espíritu. Espigar hechos, espigar andanzas, espigar información. Para mí, que no tengo memoria, cuando vuelvo de viaje, lo que he espigado resume todo el viaje” expresa en off en un momento dado. Como en esa secuencia en la que, tras una estancia en Japón, la directora enseña ante la cámara los objetos resultantes de su “espigueo” por tierras orientales como únicos testigos físicos de su aventura: postales, libros, etc.

Si antaño eran las mujeres quienes se encargaban de este trabajo, reflejado en el célebre cuadro pintado por Millet en 1857 con el que se inicia el filme, hoy en día el verbo engloba a esos otros seres, hombres y mujeres, cuya subsistencia depende de la recogida de legumbres y verduras descartadas y arrojadas al campo aún en perfecto estado, tras la previa selección hecha por unos patronos sometidos a los cupos que dictan las leyes del comercio. Pero espigadores son también aquellos que recogen las frutas y las uvas tras la vendimia. De ahí el matiz entre el verbo “espigar”, recoger lo que nace del suelo, frente a ”racimar”, recolectar lo que viene de arriba. Hechos que la cineasta completa con las explicaciones de un abogado experto en leyes relacionadas con esta tarea.

Sin embargo, en la actualidad, el verbo espigar contiene otras acepciones aunque, como expresa la directora en un momento dado, en todas ellas se sigue produciendo el mismo acto reflejo: el gesto de agacharse. Es decir, el espigador urbano que se abastece de los alimentos sobrantes de los supermercados. Medio de supervivencia para unos y actitud reivindicativa en otros, caso del asalariado que proclama ante la cámara que se nutre únicamente de comida desechada como acción de protesta contra la sociedad de consumo. Actividad que cobra otro sentido bajo la palabra “recuperación”: albañiles retirados que construyen raras arquitecturas a base de ir apilando objetos en desuso; vagabundos que recogen y reparan electrodomésticos encontrados en la calle; o artistas que reciclan residuos para crear sus obras plásticas. Piezas que, en algunos casos, se exponen en galerías y museos: “La recuperación casera ha entrado en el mercado del arte y cuando digo mercado, no digo barato” subraya la voz de Varda. E incluso desasosegantes historias como la de ese biólogo, profesor voluntario en un curso nocturno de alfabetización para emigrantes, cuyos insuficientes ingresos le llevan, en cada amanecer, a rescatar los productos que tiran los mercados.

Pero Los espigadores y la espigadora es además un ensayo sobre el hecho cinematográfico: la secuencia en la que la cineasta diserta sobre las virtudes de la cámara digital; o bien cuando entrevista a un viticultor, descendiente de Marey -uno de los precursores de la cronofotografía-, pretexto que le sirve a Varda para hacer una reflexión relativa al origen del cine-. Y la vez, una aguda metáfora acerca del envejecimiento -el primer plano del cabello de la directora que se acicala mientras piensa en voz alta sobre la vejez-. Y del paso del tiempo, de esa ilusoria tentativa por atraparlo pero que, como los camiones que intenta apresar con los dedos desde el automóvil en el que viaja, se escurre inexorablemente entre sus manos; o ese reloj sin agujas que halla en la calle durante una excursión nocturna y que coloca como elemento decorativo en su vivienda, afirmando: “Me viene muy bien. No ves pasar el tiempo”.

Estructurado en pequeños capítulos, Dos años después es la recapitulación sobre el éxito obtenido con Los espigadores y la espigadora a través de la innumerable correspondencia y los regalos que Varda ha recibido de los admiradores del filme. Notoriedad que ha llegado mucho más allá de lo que ella podía imaginar, caso de la secuencia de la presentación pública de un cuadro pintado por Pierre-Edmond Hodouin en 1827 que representa a unas espigadoras bajo una tormenta. Lienzo que la cineasta había encontrado en los fondos de un museo durante el rodaje del anterior documental. Pero también es el reencuentro con algunos de los protagonistas de aquel para indagar sobre lo que ha sido de sus vidas y como ha influido en ellos el triunfo de la película que dió a conocer sus historias por primera vez.

Asimismo, Dos años después es un acto de confesión en el que la directora revela algunas confidencias ante su propia cámara. Como esa de las similitudes que un periodista halló entre el documental que brindó a su marido -el citado L´universe de Jacques Demy- y Los espigadores y las espigadoras: “Me di cuenta de algo extraordinario. Sin pasárseme por la imaginación, me había filmado a mi misma igual que filmé a Jacques Demy. Pero como estaba dentro de otro contexto, como yo me refería al envejecimiento, y quería ser tan sincera como los espigadores, no lo relacioné. Pero para él [el periodista], comprendí que existía una especie de lazo, un vínculo entre ambas películas, entre las manos de Jacques y su piel maltratada por la enfermedad y la mía maltratada por la vejez; y sus canas y las mías”. Manifestando poco después: “me impresionó hasta que punto se trabaja sin saber. No se trabaja en el significado, ni en la continuidad”. Concluyendo más tarde: ”Yo trabajo como puedo”.

Y una patata en forma de corazón, arrugada, marchita por el inevitable transcurrir de los días. Imagen que ocupa los créditos iniciales y finales, prólogo y epílogo con el que Varda traza una desgarradora parábola sobre el paso del tiempo. La auténtica, efímera e ineludible realidad a la que está abocado el ser humano.

 

Este artículo es una ampliación propia que he hecho a partir de:

 

 

Fran Kapilla
 
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