Los
Duelistas está basada en la obra El Duelo de Joseph
Conrad, por cierto autor inspirador de muchas otras grandes
obras cinematográficas. La película ganó
el premio de Mejor Opera Prima del festival de Cannes de ese
año.
La
historia se centra a principios del siglo XIX en Francia durante
las guerras napoleónicas, donde los dos protagonistas,
miembros del ejercito francés, DHubert (Keith
Carradine) y Feraud (Harvey Keitel), comienzan una rivalidad
absurda por un motivo no muy claro y la continuan por uno
aun menos claro durante 15 años. DHubert es enviado
a detener a Feraud por matar en duelo a un importante aristócrata,
y Feraud le molesta enormente. El caso es que éste
acaba retando en duelo a DHubert y aquí comienza
la sucesión de duelos que acontecerá a lo largo
de los años, donde los escenarios y personajes cambian
pero no la bravuconería de Feraud y la caballerosidad
de DHubert en aceptar los duelos del primero. Una bella
lucha entre dos mundos antagónicos, el reflexivo pero
pasivo, representado por DHubert, y el impulsivo pero
activo Feraud.
Sin
embargo, lo que más me ha interesado de esta película,
más incluso que la interesante y absorbente historia,
ha sido la plasticidad y belleza de la película. La
camara de Ridley Scott en exteriores capta todos los matices
de la campiña francesa y te sumerge en ese periodo
histórico perfectamente. La recreación del la
aventura de Napoleón en Rusia es simplemente genial,
con los soldados congelados y las congelaciones faciales,
que son como autenticas quemaduras. Sin duda una autentica
joya estética.
Las
escenas en interior son también como cuadros de Vermeer,
con iluminación natural, al menos da esa sensación.
Ridley
Scott es sobre todo un estupendo fotógrafo de cine,
que consigue arropar con un cuidadísimo envoltorio
visual hasta sus peores obras. Y es que a veces parece mentira
que este buen señor que nos regaló Alien
sea el mismo que nos ha hecho tragar tantos tostones de un
interés más que discutible. Las películas
de Ridley Scott entran sobre todo por los ojos, y en el caso
de Los duelistas consigue verdaderos cuadros que
hacen que merezca la pena.
También
habría que destacar en este caso el trabajo de dirección
de actores. La película se centra en la extraña
relación que se establece entre sus dos protagonistas,
y ambos consiguen una caracterización convincente a
pesar de que su proceder escapa muchas veces de toda lógica.
Igual que el comportamiento de la gente real, todo hay que
decirlo. El personaje encarnado por Keitel, especialmente,
no se aviene a razones. Es un abusón brutal y despiadado
cuyo odio por el enemigo que se ha fabricado es del todo desproporcionado
y se convierte en una obsesión que sobrepasa ampliamente
el umbral de lo enfermizo. Su particular sentido del honor,
que no admite que la más mínima ofensa quede
sin ser dúramente castigada se enfrenta a la ética
de Keith Carradine, quien le otorga al honor un significado
totalmente distinto.

Para
uno, el honor se defiende con violencia, la razón la
da un puñetazo en la mesa y las discusiones se zanjan
con sangre. El otro se verá obligado a su pesar a seguir
esta lógica dictada por el sable y la pistola, empujado
no sólo por su oponente sino también por todo
su entorno. Los únicos personajes realmente ajenos
a este absurdo son los femeninos, cuyo peso en la historia
no es capaz de cambiar los acontecimientos.
Los
duelistas omite cualquier tipo de explicación
sobre el contexto histórico en el que se desarrolla,
dando por supuesto que el espectador tiene al menos unas mínimas
nociones de esta época convulsa. Unos someros conocimientos
del tema no sólo ayudarán a apreciar mejor el
telón de fondo, y podrán ser además aprovechados
para jugar al Risk con mayor intensidad. La narración
a veces avanza a grandes y pesadas zancadas, siendo éste
el punto más flojo de la película.
También
quiero hacer incapié en la banda sonora de Howard Blake,
que me encanta, muy acertada y con gran belleza. Consta de
partes militares, marchas de tambores, también de partes
sinfónicas de una melodía principal que se va
repitiendo, a base de una tenue flauta en los momentos más
melancólicos.
La
novela.
Joseph
Conrad, un novelista británico de origen polaco (no
aprendió el inglés hasta los 20 años
y hasta los 30 no decidió ser escritor), abondonó
Polonia con 16 años y se trasladó a Marsella,
donde se enroló en la marina mercante francesa. Vivió
una vida aventurera, viéndose envuelto en el tráfico
de armas y las conspiraciones políticas. Luchó
en España durante las guerras carlistas, junto a las
tropas de Don Carlos.
Toda
esa vida aventurera se trasladó a sus escritos. Sus
novelas, que narran generalmente aventuras de la vida marina,
sedujeron al público inglés no sólo por
la novedad del tema, sino por la maestría en la narración
y en el uso del lenguaje. Escribió 13 novelas, 2 libros
de memorias y 28 relatos cortos (entre los cuales se encuentra
El duelo). Para Conrad la aventura era ante todo una odisea
interior, una trágica proyección del hombre
perdido en el misterio de un mundo inescrutable en una búsqueda
desesperada del ser, que lo coloca, generalmente, ante la
muerte y la frustración.
Recomiendo
enormemente leer el relato de "Los duelistas"; que
al igual que la peli narra la historia de dos oficiales de
caballería del ejército de Napoleón que
están violentamente enfrentados. Es un relato corto
asombroso, donde hace gala de su técnica narrativa
basada en la habilidad de las interrupciones en el discurso
cronológico.
El
honor por encima de todas las cosas.
El
conflicto que ambos protagonistas tienen, nace de un pequeño
incidente. Sin embargo alcanza proporciones insospechadas
en la vida de ambos hombres durante un periodo de 15 años.
El
teniente Armand DHubert, es enviado por el general de
su regimiento a advertir al teniente Gabriel Feraud que no
debe batirse en duelo con civiles, hecho que causa malestar
entre los mandos franceses. La advertencia no se produce en
el lugar más adecuado (el salón de una dama)
por lo que lo deja en una posición poco digna ante
el resto de los presentes.
Basándose
en el código de honor de los húsares, Feraud
no se lo perdonará jamás. Con los años
la obsesión belicosa de Feraud se traspasa a DHubert,
alimentando aún más su conflicto con su corrosivo
rencor. Entre ellos advierten la rara sensación que
se necesitan mútuamente. el guión llega a adquirir
tintes legendarios, y convierte sutilmente a ambos duelistas
en dos artistas dementes, practicantes eternos de duelos inacabados.
Su
enemistad prevalece a pesar de la participación de
ambos en la campaña de Rusia, un sinfín de aventuras
por toda Europa que no hace más que juntarles en duelos.
La historia del primer duelo en sí misma es casi anecdótica,
es una anécdota elevada a la categoría de drama,
y que si no fuera por la habilidad del guión -aparte
de la ambientación, el elenco- hubiera quedado en lo
trivial.
Es
inevitable pensar en Barry Lyndon en cuanto a decorados, vestuarios
y el tema del honor. El propio Ridley Scott confesó
que Barry Lyndon le había inspirado.
El plano final (no
leer sin ver la peli).
Si
hay algo que pasará a la historia del cine y que personalmente
me parece sublime (me voy hacer un poster con un fotograma)
es el plano final de la película. Un plano rodado mil
y una vez hasta dar con él. Supongo que habrán
esperado al día perfecto, a la hora perfecta haciendo
muchas tomas.
Keitel
sube una colina, destrozado por dentro, amargado y derrotado.
Por primera vez en su vida se para a mirar un paisaje; esta
vez sin ardor belicoso, sin la pasión del duelista.
En ese momento, la cámara se situa tras él poco
a poco, mostrándonos una profundidad de plano en que
vemos cada detalle del bosque, río, montañas,
etc. El plano se alarga muchos segundos, ayudado por una banda
sonora que pone los pelos de punta; parece que el ritmo ha
decaído por completo, pero en ese momento, un vientecillo
hace mover las nubes a muchos kilómetros de distancia
en el cielo y un rayo de luz solar se filtra directamente
hacia el actor, que ahora queda bañado de una tonalidad
cálida.
Un
final que no se olvida nunca.
Fran
Kapilla.